A chingarle ahora que sí hay chamba...

El trabajo como mercancía
Sábado 5 de julio de 2014
por  OLEP
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El trabajo es aquella capacidad del ser humano para actuar con sus manos, su cuerpo y su intelecto para modificar su entorno y transformarlo de manera consciente. Esto quiere decir que no actúa meramente por instinto, por inspiración divina o solamente por costumbre, sino que es capaz de imaginar qué quiere hacer y llevar esa idea a la práctica, modificándola y adaptándola, enfrentándose a obstáculos en el proceso que le exigen profundizar su comprensión de lo que está haciendo, enfrentándose a sus propias limitaciones y esforzándose por superarlas, dirigiéndose por sobre sus impulsos inmediatos. Es precisamente esa actividad la que nos hace ser humanos con capacidad de voluntad y creadores de un mundo propio del hombre y no meramente animales en su entorno natural.

Sin embargo pensamos en el trabajo con un dejo de pesadez y lo experimentamos como una carga –un mal constante que nos imponen otros (el patrón, la familia, etc) o que nos imponemos nosotros mismos (“hoy me chingo 12 horas y saco el doble”); un ciclo que nos somete cada jornada, semanalmente, año tras año. Efectivamente, para pagar la alacena, la renta, los libros y el transporte, más lo que se ofrezca y tener un guardadito para la salud, el caso es que hay que chingarle. Cuando ya la libremos, esperamos, la chinga será menor: ya que tenga un trabajo estable, ya que mis hijos sean profesionales y le entren al quite, ya que tenga mi patrimonio. Cuando estas esperanzas en algún grado se cumplen nos sentimos, con derecho, orgullosos de nuestro trabajo; sin embargo durante el proceso de conseguirlas, y especialmente cuando no se cumplen –cuando la chinga no aminora sino que va en aumento y no vemos ningún horizonte de mejora– esa sensación de tedio necesario va pegada al trabajo como si fuera parte de él. Trabajamos para poder ganarnos el derecho a un tiempecito “libre” en el que no tengamos que trabajar y podamos hacer otra cosa “nuestra”, con las energías que nos queden después de haber pagado la cuota de trabajo.

¿Por qué la actividad que debiera ser la más formativa, la que nos define como lo que somos, pasa a ser algo indeseable y cuyo único sentido es mantener nuestra supervivencia?

Comenzamos a responder esta pregunta respondiendo otra: ¿Qué es una mercancía? Es un objeto que es el resultado del trabajo humano, que le sirve de algo a la gente, y que fue producida con el objetivo de venderse.

Cuando cambiamos una mercancía por otra, siempre la intercambiamos en alguna proporción que nos parece justa. A esto se le llama el valor de cambio de una mercancía, y se expresa en términos de otras mercancías o en términos de dinero. Un kilo de mango vale medio kilo de papaya, o un estuche de lapiceros, o dos miligramos de oro, o quince pesos. El valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo que se invirtió en ella: el número de horas de trabajo que hombres y mujeres invirtieron en producirlo, según la productividad de su sociedad (que depende de la tecnología, de las máquinas, de las normas de trabajo, etcétera).

Así, el intercambio de una mercancía por otra depende de la manera en la que se producen en la sociedad (si toma mucho o poco tiempo y recursos producirlas), y no de alguna propiedad especial de la mercancía (“la coca vale más que el agua simple porque es mejor”). En el capitalismo la capacidad misma de trabajo se vuelve una mercancía, el tiempo de vida de un trabajador durante el cual puede generar mercancías para otra persona, para que éste las venda. Dirá el lector atento, y no sin razón, que un tiempo de la vida de una persona no es “un objeto que contiene trabajo y ha sido producido con el objetivo de venderse” y entonces no puede ser una mercancía, pero sin embargo se compra y se vende como si lo fuera de manera normal. Una clase social – la burguesía- “alquila” a otra –el proletariado- durante un lapso de tiempo a cambio de un salario, y se adueña de todo lo que ha producido en ese lapso. En otra entrega hablaremos sobre el valor de esa peculiar mercancía: la fuerza de trabajo.

Cuando pensamos en una prostituta que vende su cuerpo a otro por un lapso fijo de tiempo, a usarse bajo ciertas condiciones que permitan la preservación del cuerpo de la prostituta y la continuación de ésta en el oficio con la mínima salud y bienestar garantizados (en el mejor de los casos), hay algo en esto que nos genera alguna reacción.

No hay nada de malo en el sexo, como no hay nada de malo en el trabajo: ambos son partes importantes de la experiencia humana Lo que en ambos casos genera conflicto es que un ser humano pase, por una cantidad fija de tiempo y con las debidas restricciones, a ser propiedad de otro –en un caso, en su cuerpo, y en otro, en su capacidad de trabajo por un lapso fijo de tiempo–. Sin embargo estamos acostumbrados a que trabajar es casi siempre hacer algo a cambio de un salario.

El capitalismo deshumaniza al trabajo, al mismo tiempo que magnifica la producción de mercancías: apostar por el desarrollo de las personas como objetivo del trabajo y no como medio de hacer ricos a unos cuantos, no es tarea sencilla: implica transformar la base misma de la sociedad capitalista.

NOTA: Este artículo fue publicado en la sección MARXISMO HOY del No. 1 de FRAGUA, órgano de prensa de la Organización de Lucha por la Emancipación Popular (OLEP), en circulación desde el 25 de mayo de 2014.

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