El ateísmo y naturalismo implícito en la vida cotidiana, en el Estado laico y en la conciencia popular

Miércoles 17 de agosto de 2011
por  jorge_rojasve
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Por: Jorge Luis Rojas D’Onofrio

La gran mayoría de los habitantes de Latino-américa se describen a sí mismos como “creyentes” (cristianos, musulmanes, judíos, entre otros), y a pesar de que muchas veces obvian, niegan o rechazan ciertos aspectos de su religión (relativas al ayuno, la castidad, el divorcio, algunas prácticas religiosas, los anticonceptivos), dicen compartir en gran medida la creencia en una vida después de la muerte, en un dios protector y benefactor, en la utilidad de rezos y plegarias para evitar o reducir un mal, y en la existencia de fenómenos sobrenaturales. Sin embargo, las acciones y expresiones de la mayoría de estas personas durante su vida cotidiana contradicen estas creencias y parecen indicar un rechazo subyacente a las creencias sobrenaturales. De manera similar, en países donde la Iglesia se encuentra separada del Estado, las instituciones de este Estado, a pesar del supuesto respeto que pretenden mantener con respecto a cualquier religión, se muestran negadoras de la existencia de lo sobrenatural a la hora de tomar decisiones. En este texto pretendemos sacar a la luz estas contradicciones.

¿Por qué no da gusto ir al paraíso?

La religión cristiana, en el entender de la mayoría de las personas que se dicen cristianos, establece la existencia de un lugar maravilloso, llamado paraíso, en el que las personas de bien están destinadas a “vivir” después de su muerte. La mayoría de los creyentes piensan, o dicen pensar, que al morir, ellos y sus seres queridos irán al paraíso. Cuando algún creyente muere, sus parientes suponen, la mayoría de las veces, que ésta persona, su alma o esencia, se traslada al paraíso. El paraíso se supone un lugar mucho más placentero que el mundo de los vivos, en el que no existe ningún tipo de sufrimiento y todas las almas se encuentran en la cercanía de dios, el ser más perfecto. Cabe preguntarse entonces, por qué las personas no comenten suicidios en masa para alcanzar ese lugar y ese estado de máxima y eterna felicidad. La religión ha solventado este problema implementando una sencilla regla, en la que se incluye como requisito para acceder al paraíso, el haber muerto de una causa diferente al suicidio. Pero la gran cantidad de contradicciones que implica la existencia de un paraíso después de la muerte difícilmente pueden ser arregladas con la prohibición del suicidio. Y es que algo más de reflexión nos conduce a otras preguntas incisivas:

¿No debería llenarnos de alegría el hecho de que nuestros seres queridos mueran si esto implica su ascensión a la felicidad eterna que implica el paraíso?

Siguiendo esta lógica una madre creyente debería alegrarse de la muerte de su buen hijo. Pero no es así, la muerte de un hijo causa enorme malestar y tristeza para las madres de cualquier creencia o religión, y no sólo causa tristeza, sino que la tristeza es aceptada y justificada por el resto de la comunidad creyente, incluidos sacerdotes y clérigos. La religión puede tratar de explicar esta reacción adversa a la muerte como parte de instintos corporales de las personas, parecidos a los que experimentan los animales, los cuales se encuentran separados del razonamiento o de los sentimientos puros del alma. Pero de ser así no tendría sentido que la religión presentara con aprobación y hasta admiración los sentimientos de tristeza de las personas producto de la muerte de un ser querido. La religión, para ser coherente con sus postulados, debería celebrar con gran júbilo el fallecimiento de una persona de bien. Pero no lo hace.

Un poco más de reflexión nos lleva a ver que la existencia del paraíso cristiano puede conducirnos a poner en duda las nociones mismas del bien y del mal.

Si el asesinato de una persona de bien tiene como consecuencia que dicha persona vaya al paraíso ¿por qué el asesinato es visto como un acto de maldad y motivo de repudio?

Si la imprudencia al conducir un automóvil, al manejar materiales o herramientas peligrosas, puede conducir a la muerte, pero no es considerada ni suicidio ni asesinato, ¿por qué dicha imprudencia no es vista con mayor aprobación y hasta admiración?

Como vemos, en la vida cotidiana la mayoría de las personas actúan claramente en base a que no existe ningún paraíso después de la muerte, sino a que la muerte es un acontecimiento extremadamente negativo, causa de la más comprensible tristeza y lamento, y que las pocas personas que podrían expresar alegría por tal suceso debido a la existencia del paraíso serían vistas como dementes. Cada vez que una madre llora la muerte de su hijo, cada vez que un padre protege la vida de su hijo, cada vez que se lamentan las muertes producto de la delincuencia, de desastres naturales y de la guerra, se está admitiendo implícitamente la inexistencia del paraíso cristiano.

La explicación se hace evidente desde un punto de vista naturalista que no admite fenómenos sobrenaturales. La aversión a la muerte se explica de manera sencilla admitiendo que los seres vivos son el resultado de la evolución por selección natural. Aquellos seres que no sienten aversión por la muerte tienen mayores probabilidades de perecer y por lo tanto tienen menores probabilidades de transmitir sus genes. La muerte es por lo tanto un suceso con una enorme carga negativa y es completamente natural y comprensible que las personas sientan tristeza por esto. La muerte no conduce a ningún paraíso por lo que es nuestro deber evitarla en la medida de lo posible, en especial en el que caso de personas jóvenes. El suicidio es por tanto un acto que generalmente no tiene sentido, y el asesinato o cualquier acto que provoque o aumente la probabilidad de muerte es reprobable, y debe ser condenado por la sociedad. La creencia en el paraíso es una de las justificaciones para la existencia de la Iglesia, ya que aquellas personas que no son bautizadas o que no practican la comunión, supuestamente no pueden acceder al paraíso. La creencia en el paraíso es por lo tanto uno de los factores que permite la existencia y el poder de la iglesia católica y otras iglesias.

¿Lo sobrenatural existe para el Estado?

En Brasil, a finales del año 2006, la Iglesia Universal del Reino de Dios fue condenada a indemnizar a una mujer herida durante un acto de exorcismo. ¿Puede uno concluir a partir de esta sentencia que el estado brasileño considera a los exorcismos como prácticas que se basan en una mentira? Uno puede pensar que no es el exorcismo en sí lo que se castiga, sino las heridas infligidas a una persona. Pero de la misma manera el estado podría condenar cualquier operación médica intrusiva que implique cortar la piel, o incluso tratamientos médicos con efectos secundarios negativos como una quimioterapia, por ejemplo. En estos casos las heridas son necesarias para curar a la persona de males mayores. Pero este es exactamente el supuesto motivo de un exorcismo. El exorcismo justifica cualquier herida corporal, al considerarla necesaria para curar a la persona del enorme mal que representa una posesión demoníaca. Si el Estado considera al exorcismo perjudicial, y a un tratamiento médico intrusivo beneficioso, es porque implícitamente reconoce que el exorcismo no cura de ningún mal, ya que los demonios no existen, a diferencia de una operación médica que ataca males que sí son considerados reales (lesiones internas, bacterias, virus, tumores...).

Como vemos muchas veces las instituciones de un estado laico, si bien no atacan las creencias religiosas, las consideran falsas al momento de tomar decisiones.

La vida eterna y las reivindicaciones populares

Los pueblos de todo el mundo, y en especial los pueblos de Latino-américa, tienen una historia de reivindicaciones que incluye entre muchas otras la lucha contra la esclavitud, la lucha por los derechos de las mujeres, por la democracia, por educación de calidad para todas las personas, por igualdad de oportunidades, y en general por una mayor suma de felicidad para los seres humanos. Pero estas reivindicaciones parecen no tener mucho sentido si admitimos la existencia del paraíso y de la vida eterna. Qué sentido puede tener mejorar la vida de nuestros compatriotas, de nuestros hijos y de las generaciones futuras si esa vida es insignificante comparada con una vida después de la muerte en el paraíso. La felicidad que pueden producir esas reivindicaciones es insignificante al compararla con la felicidad en el paraíso. Mucho más sentido tendría realizar acciones que aseguren el acceso al paraíso que acciones que aumenten la felicidad de las personas en su vida terrenal. Más allá de la religión que digan profesar los luchadores sociales del presente y del pasado, su lucha implica admitir que es ésta vida la que cuenta, que lo que se quiere mejorar es la felicidad de los seres humanos en este mundo terrenal, que el objetivo no es ayudar a los demás sin que nada sustancial cambie, sino al contrario realizar cambios sustanciales que mejoren para siempre la vida de los seres humanos, y no la vida después de la muerte. Parece entonces que en la conciencia popular existe cierto rechazo implícito a la noción del paraíso y de la vida eterna.

El naturalismo predomina en el comportamiento

Las contradicciones que hemos presentado evidencian el predominio de las creencias naturales en el comportamiento de buena parte de las personas de nuestros países. El adoctrinamiento religioso y el temor a considerar explicaciones alternativas muchas veces actúan como un obstáculo o una barrera que impide utilizar el razonamiento y las creencias naturales que usamos cotidianamente y con la que resolvemos problemas todos los días.

Es frecuente oír hablar de la historia de la muerte anunciada por médicos. El enfermo creyente, recibe la noticia por parte de médicos de padecer una enfermedad, la cual producirá la muerte del enfermo después de determinado tiempo ("le quedan 3 meses de vida"). Después de pasado ese tiempo, la muerte no ocurre, y el enfermo continúa su vida durante varios años más, incluso de la misma manera que personas sanas. Esta historia es considerada por los creyentes como un milagro, producto de la voluntad de un dios sobrenatural y de las plegarias y rezos de sus seguidores.

Otra historia, mucho menos impactante, es la de la falla anunciada por un mecánico. Una persona escucha cierto sonido extraño mientras maneja su carro. Lleva su vehículo al mecánico, el cual le anuncia que de no realizar cierta costosa reparación, su vehículo dejará de funcionar en algunos días. La persona al no tener dinero hace caso omiso de la advertencia, y sin embargo el carro sigue funcionando por mucho tiempo más. ¿Qué explicación le da el creyente a esta situación? Pues que simplemente el mecánico hizo un mal diagnóstico de su vehículo. La mayoría de los creyentes hacen la suposición acertada de que el mecánico es "pirata" o trata de engañar al cliente para obtener más dinero.

Uno podría preguntarse ¿qué diferencia existe entre los dos ejemplos? ¿Por qué el creyente le atribuye la supervivencia del enfermo a un milagro y la supervivencia del motor a un diagnóstico errado? ¿Por qué el razonamiento racional y naturalista que utiliza el creyente para llegar a la conclusión de que el mecánico hizo un mal diagnóstico no lo usa de igual manera para llegar a la conclusión de que el médico hizo un mal diagnóstico? ¿No es razonable pensar que en lugar de un milagro, la persona no murió en el tiempo estipulado porque el médico cometió un error? O quizás no fue el médico sino el método de diagnóstico el que está errado. ¿Es disparatado pensar que un médico puede equivocarse?

En realidad la diferencia crucial entre estas dos historias, es que una de ellas trata una cuestión de vida o muerte mientras que la otra no. Cuando la vida está en juego, el miedo y las creencias impresas a través del adoctrinamiento en nuestra mente, nos impiden utilizar la racionalidad y la lógica que nos es tan útil y que tan bien utilizamos en nuestra vida cotidiana. ¿Los ateos no caen también en estos mismos errores y en estas mismas creencias supersticiosas cuando se enfrentan a los temores de la muerte? Es posible, pero es precisamente por eso que estas creencias no son confiables. La creencias que obtenemos y los razonamientos que realizamos en momentos de gran intensidad emocional y de temor no son los más creíbles, ya que sabemos muy bien que tendemos a equivocarnos con mucha más frecuencia en ese tipo de situaciones.

Esquivando obstáculos y derribando barreras

Es importante comprender que el razonamiento lógico y naturalista que utilizamos cotidianamente es la mejor herramienta que tenemos para entender la realidad, para tomar decisiones que nos benefician a nosotros y a nuestros semejantes, y para resolver problemas. Las barreras que nos impiden utilizar este razonamiento en situaciones en las que el temor y la costumbre se adueñan de nuestros pensamientos pueden ser difíciles de derribar, son obstáculos difíciles de esquivar, pero no debemos pensar que se trata de todo un conjunto nuevo de creencias opuestas a nuestro comportamiento cotidiano. Al contrario, se trata de extender ese comportamiento cotidiano que tanto nos es útil, que tanto sirve a nuestra felicidad, a los raros ámbitos en los que las creencias inútiles y perjudiciales permanecen impunes. Se trata de limpiar el cristal que nos permite ver la realidad, para que las manchas que nos ocultan ciertos detalles nos permitan apreciar con mayor claridad el paisaje en su conjunto. Quizás una buena manera de hacer esto es entender lo diferente que son esa manera natural y cotidiana de ver el mundo, y esa manera sobrenatural y ocasional de ver el mismo mundo.


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