La revolución egipcia abre un océano de posibilidades en el mundo árabe

Martes 22 de febrero de 2011
por  butigahn
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Observación inicial a lectoras y lectores

Independiente de los rumbos políticos de Túnez y Egipto, estas revueltas convocadas como una mezcla de pobladas y redes de Internet abrieron cancha para que el pueblo ocupe un lugar en la gran política de esta macro-región. Como quien tuvo una modesta militancia en el Comité por la Liberación de la Presa Política Brasileña-Palestina Lamia Maruf Hassan, en la primera mitad de la década del ’90, nos sentimos más que gratificados con tales acontecimientos. Ojala que venga la victoria de las mayorías, aunque sea puntual con el derrocamiento en las calles de las dictaduras de toda y cualquier especie, también en Argelia, Libia, Yemen, Bahrein, Siria, Jordania y en los demás países del Mundo Árabe. No hay conflicto entre derrotar a los gobiernos autocráticos y monárquicos y dar el combate al Imperio y a sus títeres. Es justo lo contrario.

Cuando un joven tunecino se autoinmoló como prueba extrema de protesta contra la dictadura de Ben-Allí, encendió una centella que una vez mediatizada, puso fuego a toda la región. Lo comenzó en Túnez en 14 de enero fue un acto extremo de decir “¡Basta!”. En la punta de la estructura de poder del país, una policía corrupta y abusando de autoridad opera contra el orgullo de un hombre de poca edad, ejerciendo una sub-función de vendedor de frutas en la búsqueda de la supervivencia, no pudiendo vivir de sus años de estudio y menos aún del entorno de ideas que en las instituciones educacionales lo cercaban. Este joven era uno de millones en aquel país, y uno entre miles de millones en el mundo árabe.

Mientras son escritas estas líneas, el poder aún se disputa en el Centro de Cairo, en Argel, en Yemen a la moda bíblica, a base de pedradas. El Egipto victorioso de hoy y el Túnez que aún arde en las calles, son la prueba viva de que la capacidad de movilización es un factor decisivo en los rumbos políticos de un país. Al contrario de lo que acostumbra predicar la visión común, la calma en la sociedad equivale a la perpetuación de esferas mínimas de participación, exagerando la presencia de pequeños grupos de interés y fracciones de clases dominantes.

Es esencial notar el factor de los márgenes de maniobra de cada operador político en escenarios tan complejos y de realismo político como el Magreb y el Norte de la África, además del Oriente Medio y la Península Arábica. Egipto es el fiel de la balanza, conforme estos mismos analistas ya escribieron antes de las piedras volaran. También habíamos evaluado –en el aire– que si aconteciera la caída de Mubarak, sería más allá de los pactos combinados a la manera del Pacto de la Moncloa español. El impasse político que resultó en la caída del odiado heredero del también traidor a la causa árabe Anwar El-Sadat (eliminado físicamente en 1981 por mudjahiddins de la Hermandad Musulmana) inflamaría a Marruecos, y aún más a Túnez, Yemen, Jordania y en menor escala la Siria de los Assad Alauí. La lucha argelina sería -y continúa siendo- una incógnita en la región. En el panorama del odio popular alimentado también por la prohibición de organizaciones fundamentalistas, está la Argelia de la Nomenklatura de los veteranos de la FLN, arrepentidos de la herencia política de los años de Ben Bella y Cia. Pero, como también preveíamos (en comentarios radiofónicos), los factores concomitantes del poder en Egipto no resbalarían de las manos como aconteció en Túnez. Los más de 300 asesinados y las batallas de la Plaza Tahrir dan carne viva a la hipótesis comprobada.

En las redacciones del Occidente, la gritería también llegó “descubriendo” que las fuerzas de seguridad y represión dedicadas a secuestrar sospechosos –sin ningún procesamiento legal– también se dedican a reprimir periodistas y comunicadores. En este grupo entraron activistas de la Web egipcios, un ejecutivo de Google y decenas de hombres y mujeres de los medios, incluyendo profesionales brasileños. Lo “curioso” es la ausencia de analogías comparativas –técnicas básicas de estudios de profundidad y reportajes de análisis – cuando nadie de “peso” en las industrias de comunicación del Brasil toma el coraje de decir la verdad. Es regla de cualquier análisis institucional. La misma fuerza represora y operadora de los designios del Ejecutivo es también la espina dorsal del crimen, de la violencia entre las mayorías y en el nuevo régimen será parte de la basura autoritaria a reciclar, migrando de la represión política al crimen organizado por dentro del aparato de Estado. ¿Por qué la policía y la inteligencia egipcias, fieles a Mubarak, leales al Departamento de Estado, a la agencias de espionaje de los EUA y de Israel, habrían de tener un comportamiento diferente frente de los reporteros extranjeros?

Fueron estas mismas fuerzas y con esa mentalidad de desprecio a la inteligencia popular lo que llevó al Ejecutivo a buscar una salida desesperada. Tal vez en con la intención de causar conmoción por el caso, generando inseguridad en la espina dorsal de la oficialidad en condición de mando de tropas y del generalato del consejo militar, Mubarak realizó una maniobra clásica a lo largo de su caída. El empleo de funcionarios, policías y operarios de los órganos de seguridad, además de trabajadores aleatorios -y aislados socialmente- para elevar los niveles de enfrentamiento, dando a entender hacia el exterior que habría un riesgo concreto de guerra civil y una total desorganización social. El efecto se dio al contrario, intensificando los ánimos de quienes estaba en las calles y aumentando la presencia de manifestantes y redes de apoyo.

Aunque con intensidades distintas, hay elementos comunes entre las rebeliones populares tunecinas y egipcias, comenzando con la comparación de las victorias parciales, por conseguir derrumbar el jefe del Ejecutivo, proscribir parcialmente al bando de gobierno y marcar elecciones sin prohibición de una serie de partidos políticos. Ambos países donde se obtuvo esta conquista parcial contra dictaduras corruptas, represivas y pro-occidentales son repúblicas –al menos en la denominación formal– aunque con muy poca independencia y autonomía entre los poderes. No deja de ser un punto positivo –la condición republicana– considerando la cuestión-llave de aumentar los márgenes de maniobra para derrumbar la tiranía. Tal estatuto republicano no se encuentra en las monarquías marroquí, saudita y jordana. Es de suponerse una menor circulación de ideas igualitarias, o de “nacionalidad” (en el sentido del Estado-nación como institución que atiende a todos) en las monarquías despóticas con base familiar y tribal.

Como punto poco o nada positivo –llegando a poner en duda de este mismo estatuto republicano está la presencia de las Fuerzas Armadas –en especial de sus fuerzas terrestres- como Poder fiador del orden y de la transición, de modo de no fragmentar las garantías de última instancia de un Estado. Hubo la preservación de estas fuerzas en el Túnez y lo mismo ocurre en Egipto. El orgullo “nacional” de una fuerza que tuvo como mejor logro el empate de 1973 con Israel, mantenido con recursos del Imperio y que también se dedica a reprimir y controlar la frontera con Gaza. Son 460 mil profesionales militares, afianzados en las garantías de la transición y de la integridad institucional –de aquello que existe como remedo de Estado– en bases laicas.

Del otro lado de la historia para levantar hipótesis de arreglos complejos y salidas no laicas está la presencia de islamitas –jihadistas o no– y específicamente en el caso del Egipto, la muy respetable y ahora “reciclada” Hermandad Musulmana. Hay combustible de retro-alimentación más allá de los vecinos del integrismo sunita del Hamás. Abundan veteranos afganos, voluntarios fundamentalistas que fueron a luchar en el Afganistán ocupado por la Unión Soviética, fruto de la coordinación de la red de Bin Laden con las estructuras capilares de la fe y con la triangulación promovida por la CIA. Es sabido, público y notorio, tanto el efecto boomerang que estos veteranos tuvieron en el montaje de estas redes fundamentalistas en el norte de la África (con mayor énfasis en la década del 90 del siglo pasado, cuando fuerzas políticas fundamentalistas ganarían en el voto elecciones egipcias y argelinas) –esto sin hablar en el propio Pakistán, al borde de una guerra civil– o el odio visceral de los altos mandos de inteligencia y represión leales a sus gobiernos despóticos y autoritarios –aliados de los EUA, como Jordania y el propio Egipto– para con estas mismas redes y sus respectivos veteranos afganos.

Específicamente en el caso egipcio, se nota (aún a la distancia) que la Hermandad Musulmana tal vez sea hoy la única fuerza por fuera del aparato de Estado (al menos, fuera de los centros decisorios del gobierno nacional) con capilaridad y estructura permanente en toda la sociedad, fruto de presencia y penetración entre las masas movilizadas. Otras fuerzas de inmediato serían alguna disidencia de dentro del propio (ex) gobierno Mubarak y, por supuesto, el Consejo Militar del ejército que dio soporte a Nasser y desde 1978 tiene su presupuesto parcial o totalmente cubierto por el Pentágono.

Algunas gotas en el océano de posibilidades

De un océano de posibilidades, destacamos tres proyecciones hasta el advenimiento de la promesa de elecciones en septiembre próximo. Es innegable que el referido ejército aún opera como fiel de la balanza interna. El sube-y-baja puede pendular para la propuesta que atraviesa toda la región, que está dentro del mundo árabe retornando a la propuesta de la Umma pan-islámica, lejos del pan-arabismo nacionalista (tipo tercermundismo poco o nada alineado) y con dos polos concurrentes. Un sunita, por dentro de la red (Al Qaeda) y otro chiíta, polo éste llegado del Estado líder, Irán. Esta misma ausencia de referencia árabe se nota en la ausencia justamente de un Estado líder y árabe, como en su tiempo lo fueron tanto Egipto como Argelia. El tono discursivo y la ayuda material concreta provienen de un Estado con régimen casi teocrático (Irán), no-árabe, pero con una política externa más aceitada en el tono del discurso antiimperialista y anti-occidental. En el caso de Palestina, el apoyo dado explícitamente al gobierno de Gaza del Hamás da pruebas de la visión de la política externa iraní, más allá del sectarismo religioso, operando como un agente con poderes de veto en toda el área.

Las argumentaciones de análisis de coyuntura basadas en trayectorias histórico-estructurales de agentes y entorno de la política egipcia nos llevan a un cálculo bastante simple. Para los intereses del Imperio en la región, perder Egipto es tan complicado –o más– que perder Arabia Saudí. Y, para perder el país de Nasser, este tiene que dejar de ser el Estado que se alineara con Israel y EUA después de los acuerdos de Camp David. Mubarak debe sus treinta años al frente del mayor de los países árabes a este alineamiento que motivó la acción de eliminación física del sucesor de Gamal Andel Nasser, Anwar El Sadat. Considerando tal opción fuera de las posibilidades (lo que sería el mejor de los mundos para el Imperio), el “menos peor” de los mundos sería una propuesta modernizadora e institucionalista, venida de las fuerzas armadas y de fuerzas políticas nuevas, surgidas de la movilización masiva y alimentadas por las redes sociales. Ya el peor de los mundos (para el Imperio) serían elecciones ganadas por los fundamentalistas (aunque ponderados, como es el caso de la casi centenaria Hermandad Musulmana) o una alianza de tipo laica y antioccidental.

La unidad de los pueblos árabes depende hoy necesariamente del derrumbe de gobiernos autoritarios, monárquicos-autocráticos y esencialmente represores y corruptos. Existiendo la composición de nuevas fuerzas –de tipo secular– que se acercarían de la izquierda Palestina actual (diminuta, pero con la coherencia interna necesaria para asegurar su condición de existencia) estas necesariamente pasarían por el acumular de experiencias en las victorias y embates en las calles de Túnez y El Cairo. Esto en el corto plazo no brota de lo concreto, pues organizar una fuerza política pan-árabe es un desafío superior a convocar gente airada a través de redes sociales del Internet.

En el ocaso de la dictadura pro-occidente y antiárabe, tuvieron fuerza fundamental las estructuras sindicales y movimientos de tipo juventud. En el caso egipcio, los sindicatos vinculados al servicio público y el Movimiento Juvenil 6 de Abril tuvieron heroica presencia y una buena capacidad de convocatoria. En general, en el vacío político de la representación formal, de estas fuerzas puede surgir un nuevo espacio de estructuras organizativas de tipo secular y con arraigo –pues de allá vinieron en los episodios hoy ya épicos de la Batalla de la Plaza Tahrir. Cualquier expectativa de una renovación política, en el sentido de ratificar derechos y radicalizar la democracia de masas y con intervención directa de la población, viene de estos espacios de aglutinación y militancia.

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butigahn@gmail.com
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Publicación Barómetro 21-02-11

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