Israel. Un trabajador, una historia

Un trabajador, una historia
Lunes 14 de junio de 2010
por  Laura Prats
popularidad : 1%

Nombre: Israel Cristian Ochoa Rosales

Comienzo huelga de hambre: 26 de Abril

Puesto en LyFC: Conexiones instaladores & sindicato

Edad: 34

Se llama Israel y cuando algún compañero viene de visita y le pregunta por qué está aquí, contesta con absoluta modestia que le tocó en el sorteo. No es cierto. Está aquí porque quiere. También porque siente que sería una traición que él, compañero suplente del sindicato durante cinco años, no estuviera aquí para defender a sus más de ciento cincuenta compañeros de sección. Comenzó a trabajar en Líneas Aéreas, pero a los tres años se pasó a Conexiones Instaladores, la sección de su padre, donde se ocupan de la instalación de las líneas de alta y mediana tensión. Cobraba 6300 pesos (unos 370 euros) mensuales por manejar líneas de 23000 a 85000 Voltios. Cuatro años más tarde le ofrecieron el puesto de compañero suplente en el sindicato y le gustó la idea de trabajar en la Representación Sindical. Siguió cobrando exactamente lo mismo, pero pasó a trabajar en oficinas, donde aprendió a lidiar con las peticiones de sus compañeros, a participar en marchas y plantones y a convivir con gentes nuevas. Descubrió que le gustaba la resistencia activa. Ahora, enjaulado en esta carpa mientras espera que alguien, o algo, se digne a posar su mirada sobre él y sus compañeros, dice que la resistencia pasiva, con su lento correr del tiempo, es mucho más dura.

Fue por la misma época en que entró al sindicato en que nacieron sus dos hijos. El nacimiento de su hija coincidió con el aniversario de la nacionalización de la industria eléctrica, y el de su hijo cayó un día después del aniversario de la creación del sindicato de electricistas. Parecía que los astros se alineaban a su favor para indicarle cuál era su camino. A punto estaba de ser ascendido a compañero propietario y comenzar a obtener, ahora sí, ciertas mejoras en su calidad de vida, como bonos de transporte y comida, cuando se decretó el cierre de LyFC. Confiesa ahora que tal vez no valoró lo que tenía en su justa medida hasta haberlo perdido. Apretó la necesidad y le ofrecieron cincuenta mil pesos por su Jetta. Con lo que le dieron se compró un Corsa por cuarenta y tres mil. La alegría le duró dos semanas, el tiempo que tardaron en robarle el Corsa mientras él estaba en una junta del sindicato.

Un primo le dio un caballo en pago de una deuda. Tras la extinción de LyFC optó también por vendérselo y con lo que le dieron se compró cien pencas de nopal, que plantó en el terrenito de su pueblo. El nopal creció bien, y ahora le da esperanza. Dice que es una planta noble, fuerte, que da poco trabajo y crece sola. Él es de Palpan, un pueblo de unos ochocientos habitantes de los cuales aproximadamente una cuarta parte son empleados de LyFC, en activo o jubilados. Hasta cinco hombres de Palpan se hallan en huelga de hambre bajo esta carpa, en representación de sus compañeros. Uno de ellos es Leonardo. A escasos cinco kilómetros de Palpan se halla la gran presa de Alameda. En su construcción se emplearon muchos de los abuelos de estos hombres y mujeres y fue así como este pueblo se convirtió en nido de electricistas. Las tradiciones de Palpan comenzaron entonces a mezclarse con las celebraciones del sindicato, al punto que a la toma de protesta de un representante de Alameda sigue por tradición un jaripeo en el pueblo. Ahora, la gran presa de Alameda está callada, como lo están Necaxa y Tepuxtepec y tantas otras. Sólo la CFE vende ahora, convertida cada vez más en simple intermediario, la energía producida por empresas españolas.

Israel es un hombre que no da pie al desánimo: aunque el hambre le roa las entrañas, él piensa en el futuro, en qué hará cuando termine la huelga, cuando salga de aquí, cuando recupere su empleo. Optimista y fuerte, vive la huelga de hambre con las mismas ganas que ha vivido toda su vida. Si, dice que vive con ganas tanto lo bueno como lo malo. Sentado aquí enfrente, revive sus platos favoritos al punto que parecen surgir de la nada frente a mí. Los deliciosos tamales rellenos de puro queso que cocina su suegra especialmente para él. El dulcísimo pan de agua que hace su tío. Tan exquisitamente los describe que por un instante me parece que el olor del pan recién horneado invade la carpa. Cuando su esposa y sus hijos vienen a verle, les pinta un mundo de colores a los niños para que no estén tristes, al punto de que su hija, que apenas va a cumplir seis años, le ha rogado si puede quedarse con él “en su cuarto”. Sin embargo, a la hora de la verdad, nos cuenta de la debilidad de los huelguistas, de cómo poco a poco van perdiendo fuerzas, de las canicas que caen sobre sus tiendas en la oscuridad lanzadas por manos invisibles, de los trapos mojados en alcohol que casi incendiaron una tienda, de la lluvia que inunda la carpa a cada rato. Los huelguistas, por su parte, combaten el desánimo colocando carteles de esperanza en sus paredes de lona que se agitan con el viento. Alguien reparte estampitas con la imagen de Jesucristo. Las horas avanzan lenta e implacablemente. Los huelguistas languidecen sobre sus camastros. Israel extiende las manos hacia adelante y dice, sin sombra de duda: vamos a ganar.

Israel (o Cristian, como el prefiere que le llamen) salió el sábado 29 de mayo rumbo al hospital, tras 33 días en huelga de hambre.



Esta historia forma parte del proyecto «Un trabajador, una historia» que lleva a cabo la periodista española Altea Gómez desde el campamento del SME en el Zócalo y pueden ser consultadas y libremente difundidas desde http://untrabajadorunahistoria.blogspot.com


Commentaires

Estadísticas

Última actualización

Miércoles 16 de agosto de 2017

Publicatión

2919 Artículos
Aucun album photo
81 Breves
14 Sitios Web
701 Autors

Visitas

102 hoy
891 ayer
3077323 desde el principio
16 visiteurs actuellement connectés