Nuestro Copenhague

Sábado 19 de diciembre de 2009
por  xarchano
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Nuestro propio Copenhague

Publicado en www.havanatimes.org, el 7 de diciembre de 2009

Armando Chaguaceda

HAVANA TIMES, Dec. 7 — Toca ya a nuestras puertas la Cumbre de Copenhague, sin haber alcanzado los consensos previos necesarios, por la fundamental irresponsabilidad de las grandes potencias (imperiales o emergentes), principales emisoras de gases contaminantes.

Como correlato, los indicadores del calentamiento global apuntan a un escenario peor que cualquiera de las variantes presentadas, hace dos años, por el Panel Internacional de Cambio Climático.

Si el actual modelo de crecimiento económico persiste, para 2050 la humanidad necesitaría consumir los recursos naturales equivalentes a dos planetas Tierra. Todo ello es sin duda preocupante para naciones como Cuba: pobres, insulares y ubicadas en regiones de proverbial inestabilidad climatológica. Una mezcla funesta.

Es un hecho que la isla ha hecho grandes contribuciones a la sostenibilidad global. Es el único país clasificado como sostenible por World Wild Fund, en su informe bianual presentado hace tres años en Beijing. Según la prestigiosa organización, Cuba cumple los criterios mínimos para la sostenibilidad, combinando ciertos índices de calidad de vida (altos niveles de alfabetización y esperanza de vida) con una modesta ‘huella ecológica’, derivada de su bajo consumo de energía.”

Las agencias del sistema de Naciones Unidas y las de la Cooperación Internacional han reconocido los avances del país caribeño en agricultura sostenible, fuentes alternativas de energía, reforestación y fomento de programas de educación ambiental. Además, tanto en el universo de las organizaciones no gubernamentales como en los ministerios de Agricultura; Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, y Cultura, encontramos a personas sensibilizadas y comprometidas con la defensa ambiental. Hay allí un potencial (y resultados) a preservar.

Sin embargo de eso a considerar que los cubanos poseemos una solida conciencia ambiental va un largo trecho. Más de una vez he discutido estos temas con amigos funcionarios de las agencias de cooperación o militantes de grupos de solidaridad con Cuba. Nuestra mentalidad mayoritaria es, al menos en los espacios urbanos (donde reside un 85 % de la población) tendencialmente consumista, factor influido por las escaseces y la influencia del cercano modelo estadounidense de sociedad.

Ante la crisis del transporte, por ejemplo, son escasas las voces que reclaman (y creen) en un servicio público eficiente como posibilidad viable y apuesta de futuro. “Si no pasa la guagua, ahora yo quiero tener un almendrón” es una demanda que escuchamos con frecuencia en las atestadas paradas, ofreciendo una “solución” privada e insostenible, un sálvese quien pueda del que no se puede culpar, esencialmente, a la “inconsciente población.”

Lejos de lo presentado por voces idealistas, la sociedad cubana no es regulada por valores postmateriales. El cubano sufre en su cotidianeidad un subconsumo acumulado de cosas elementales (como papel higiénico o lácteos), que alcanza a una mayoría de sectores populares e incluso medios. Estos viven en muchos casos en peores condiciones que sus homólogos de la región, lo que condiciona con frecuencia posturas ambientalmente reaccionarias.

Nuestra población ha vivido durante 50 años en una frugalidad impuesta, simultáneamente, por el bloqueo estadounidense, las ineficiencias internas y las trabas burocráticas al emprendimiento colectivo. Los promotores de estas últimas han preferido pactar, ante las presiones de la crisis, con formulas potencialmente individualistas (cuentapropismo, pequeña empresa privada) antes que fomentar cooperativas (entre ellas las de reciclaje y demás servicios ambientales) que articulen lo comunitario y ambiental con una noción sostenible de consumo personal y colectivo.

Una frugalidad estatalmente administrada puede operar como paliativo temporal a la contaminación y el desamparo mayoritario que, conviviendo con islotes de derroche, abrazan a las sociedades del tercer mundo. Es un piso básico a sostener y mejorar en políticas concretas: seguridad social educación y salud universales, empleo digno. Pero ello no basta para generar un cambio civilizatorio ni construye ciudadanía ambiental.

Ante un “maná” de recursos, venga de la mano de proyectos neodesarrollistas conveniados dentro del ALBA, o de una miamización (neoliberal o china) de nuestra sociedad, podremos ingresar a la “normalidad” suicida que nos rodea.

No basta esperar que nuestros campesinos vuelvan a enamorarse de los tractores (chinos, bielorrusos o iraníes) desechando las promisorias practicas agroecológicas, que las hortalizas orgánicas de los organopónicos se conviertan en un lujo de los nuevos ricos de Miramar o que la Habana Vieja se nos llene, sin freno, de tiendas Sears, Wall Mart y concesionarias de autos.

Al menos no deseamos ese futuro (ni un mustio y estancado presente) para nuestros hijos quienes impulsamos o acompañamos procesos de participación socioambiental, tema que será el foco de nuestra próxima mirada.



Esta saga continuará.....


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